Paris




Es difícil encontrar a alguien a quien no le guste París. Por supuesto, están aquellos que piensan que tampoco es para tanto, la verdad, aunque la réplica acostumbra a ser ese fastidioso (y seguro también un pelín malintencionado) eso es porqué no estás enamorado… (¡y tú que sabrás!)


Lo estemos o no, la ciudad de las luces ofrece más que bellas postales de pareja y paseos por el sena al atardecer, sobre todo la vigésima vez que te encuentras con esa otra pareja de turistas haciendo exactamente lo mismo que vosotros. Es aburrido, es cansino y, lo peor de todo, es muy previsible.

Si uno ya ha callejeado por París se habrá dado cuenta que a menudo hay que entregarse al deseo (que también a menudo se quedará en deseo) del sortir et d’acheter, es decir, salir a ojear tiendas, mercados y almacenes dejando algo de tiempo para socorridos descansos, pues si bien París tiene un montón de virtudes, también tiene un montón de larguísimas avenidas (si, si, está la red de metro, claro, pero ¿quien lo entiende?)

Empezar el día con un buen desayuno en la terraza de cualquier café (si el tiempo se deja y si es en el Café de la Paix, mejor) es algo prácticamente obligado. Uno puede aprovechar para ojear Le Monde o preparar el día, aunque es infinitamente más divertido y constructivo ver pasar a los parisinos a toda prisa. Tras algo menos de 15 minutos, la observación lleva indudablemente a la evidencia de que lo que le hace falta a uno es sumar en estilo, luego: ir de tiendas.

Hay algunas zonas especialmente dedicadas al shopping en parís, como en todos sitios, aunque es difícil superar el estiloso espectáculo de la Rue Saint-Honoré. En el número 19 tiene su taller Karl Lagérfeld, así que es posible que con algo de suerte y paciencia se le pueda ver entrar, caminando siempre delante de su séquito, por supuesto.

Personalmente, prefiero la Plaza de la Madelaine, que tampoco sería un mercadillo, aunque tiene algunas opciones encantadoras. En Hédiard, una tienda de especialidades algo selectas, se pueden comprar interesantes souvenir gastronómicos: por supuesto está el vino, pero también se encuentran curiosas especialidades de té, pastelería, embutido y quesos, aunque si se es más bien práctico y se ha traspasado ya la línea del tráfico de souvenirs, se puede comprar fruta ecológica y sándwiches para comer tranquilamente sentado en cualquier parque algo más tarde, aprovechando la parada para descalzarse un rato (este momento llega en París, no luchéis contra él, lo agradeceréis).

A sólo algunos pasos, después de Fouchon, La Maison de la Truffe y Nicolas, la tienda Maille, está literalmente recubierta de mostazas. En sus tarros, claro. A mí me gusta mucho la mostaza, lo reconozco, pero podría apostar a que no hay nadie que no pueda encontrar su mostaza gemela en esa tiendecita. Las hay de todos los tipos, casi de todos los sabores (esto está bien, que la mostaza no es helado) e intensidades. Además, las puede servir uno mismo para probarlas en unos miniplatitos, aunque el motivo definitivo para comprarlas es que te la vendan en un precioso y tradicional tarro de loza…tú lo sabes, ellos lo saben y por eso el tarro de loza lo tienen (¡oh, casualidad!) sólo para el tamaño medio y grande, mientras que el pequeño es de común cristal… ¡maldito marketing!
Con el tiempo justo para verlo TODO en París, se pueden optimizar los  recursos y mejorar la experiencia. Algo muy obvio es comer en los restaurantes de los museos o galerías. En la visita al Louvre es especialmente recomendable comer en Angelina, que no es ni muy selecto ni muy grande, (en contraste con son sus precios) pero ofrecen un espacio tranquilo y luminoso como pocos, casi íntimo teniendo en cuenta que uno se encuentra a un tabique de la marabunta.

Otro espacio en el que merece la pena reservar para asegurarse sitio es el 58 Tour Eiffel, situado en la segunda planta de la mismísima torre. Que nadie cometa el error de  presentarse ilusamente a visitar la torre sin haber reservado hora, pues se corre el riesgo de no llegar a tiempo ni a su reserva en el restaurante ni a la ópera por la noche. La propuesta del restaurante es atractiva, como su panorámica, con su modelo pic-nic chic. Los primeros platos se escogen en el buffet (olvidarse de cualquier buffet que uno haya visitado antes) y para los segundos se hace un pedido. Puntualmente, en cuanto uno suelta el tenedor de su entrante, un camarero aparece con una cesta de pic-nic (véase una sofisticada canasta metálica digna de phillip starck), con los segundos platos y una rústica bolsa de papel de estraza con el pan caliente. La comida está realmente bien, sabrosa y muy cuidada, aunque algo pobre si se tiene mucho apetito. Es necesario dejar ya de pedir cheesecake para el postre en cualquier sitio y lanzarse a la tabla de quesos. Esquis!

Algo más apartada de cualquier sitio, y cualquier sitio está lejos si se trata de dar un sólo paso más antes de retirarse al hotel, está la tienda Merci (111 Boulevard Beaumarchaise, 75003). Si a uno le gusta la decoración de interiores es obligadísimo, aunque también hay sitio para los amantes del menaje de cocina, para las ratas de papelería e incluso para los que aún les quedan ganas de adquirir alguna prenda de ropa. Bellísimo lugar, inspirador y bien llevado. Disponen de una pequeña cafetería, algo angosta, pero cómoda, aunque lo que es imperdonable es que no activen de inmediato su web (merci-merci.com).

Como todo el mundo visita Notre-Dame, incuso en su décima visita a parís, todo el mundo debería acercarse a Shakespeare and Company, una claustrofóbica librería especializada en el mencionado, en donde se pueden adquirir libros nuevos, usados, de bolsillo, de tapas duras, de narrativa, de poesía, etc. si logra decidirse uno. Mientras se invierte un tiempo en ojearlos, es posible tomar algo en unas minúsculas aunque disputadas mesas en el exterior de la tienda.

No muy lejos, no ha resistido tan bien como Shakespeare otro de los grandes, en este caso, el francés Julio Verne. Sólo con cita previa acordada por teléfono, se puede entrar en la librería Jules Verne que ha cerrado sus puertas, pero que aún deja entrever entre sus rejas, pilas y pilas de polvorientos volúmenes que le permiten a uno hacerse a la idea de lo prolífico del autor y del encanto que esa pequeña catedral debía de tener.

Alejándose de Notre-Dame, rodeándola por detrás se pueden encontrar un montón de cafés, por supuesto. Hay uno en el que hay que sentarse a descansar. Si se queda uno en una de las mesitas de su terraza sin duda disfrutará de buenas vistas, el buen tiempo y, por supuesto, de un buen café. Si  decide entrar, es probable que se sorprenda de lo francés que puede llegar a ser el estilo inglés de los veinte. Tapizados de cuero, flexos de marcado carácter industrial, amplios espejos y botelleros de oscura y fuerte madera son aquí reinterpretados para conseguir un liviano y luminoso estilo “aucune importance” con marcado acento francés. Se trata de Le Saint Regis

Antes de abandonarse a la comodidad del hotel, Colette es una parada obligada para ojear lo último en casi todo: cientos de gadgets, libros, ropa, música y hasta pequeños muebles. Muy moderno, nada tranquilo y algo exagerado en su puesta en escena, aunque indispensable. Permite incluso comprar algún regalo curioso que sin duda te dejará como un precursor de tu tiempo a la vuelta a casa.